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Hallan armas y municiones ocultas en una celda del penal de máxima seguridad La Tolva

El decomiso, realizado en el marco de una inspección conjunta entre la Policía Militar del Orden Público y el Instituto Nacional Penitenciario, expone la continuidad de riesgos estructurales en la gestión penitenciaria, incluso en establecimientos ideados para albergar a miembros de las estructuras criminales más peligrosas y donde, en teoría, deben regir los niveles de seguridad más estrictos.

Entre los aspectos que más inquietan a las autoridades y a la opinión pública se encuentra la posibilidad de que la presencia de materiales prohibidos como armas y municiones no sea un caso aislado. 

Las autoridades han anunciado que reforzarán los operativos de inspección y evaluarán la adopción de tecnologías adicionales para mantener el control interno y minimizar la circulación de objetos ilícitos dentro de los penales.

Expertos y organizaciones internacionales en materia de justicia penal insisten en la urgencia de mejorar los equilibrios entre seguridad carcelaria y condiciones humanas de reclusión, alertando sobre el riesgo que supone la presencia de armamento no solo para el personal penitenciario, sino también para la estabilidad interna del propio sistema.

De acuerdo con fuentes oficiales, el material decomisado —que comprende cinco pistolas, 83 proyectiles de diferentes calibres y ocho cargadores— se localizó en un módulo reservado para internos considerados de alta peligrosidad.

La Fiscalía vinculada al sistema penitenciario ya inició peritajes y revisiones forenses sobre los objetos, con el objetivo de dilucidar la procedencia de las armas y deslindar responsabilidades tanto por su ingreso como por su ocultamiento en el penal.

Este episodio adquiere una dimensión singular al producirse dentro de La Tolva, penitenciaría inaugurada en 2017 y promovida por el Estado como emblema de modernización y férreo aislamiento para las figuras de mayor perfil criminal en Honduras. 

Conocida formalmente como Centro Penitenciario de Máxima Seguridad de Morocelí y popularmente como El Pozo II, el complejo dispone de más de 400 cámaras de vigilancia, puertas electrónicas, torres de observación y un régimen sumamente restrictivo tanto para visitas como para la circulación interna de los reclusos. 

Pese a ello, el descubrimiento de armamento oculto desafía la imagen de invulnerabilidad que las autoridades proyectaron desde su creación.

Esta incautación, ejecutada a finales de enero, ocurre en un contexto de escalada de esfuerzos oficiales por controlar la criminalidad y fortalecer la seguridad en los recintos de máxima seguridad.

Los procedimientos de revisión periódica persiguen, además de decomisar artefactos prohibidos, desarticular redes de comunicación clandestinas e impedir que pandillas o estructuras criminales mantengan capacidad de gestión delictiva desde el interior.

A lo largo de los años, operativos similares en otras cárceles hondureñas han permitido detectar no solo armas y municiones, sino también teléfonos móviles, sustancias estupefacientes y objetos de contrabando, pese a la existencia de protocolos y dispositivos de control. 

El patrón recurrente de hallazgos subraya la persistencia de fallos en los procedimientos de inspección y despierta sospechas sobre posibles colaboraciones internas que faciliten el ingreso y el ocultamiento de artículos prohibidos.

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